domingo, 3 de abril de 2011

LOS BUDAS GIGANTES DE BAMIYAN ESTABAN BRILLANTEMENTE COLOREADOS

Salen a la luz los secretos de las impresionantes estatuas destruidas por los talibanes en 1991



Acantilado en el valle de Bamiyan, en una imagen


de 1933 (Foto: Maynard Owen Williams


Estado actual de la zona (Foto: Mark Schlegel)


El buda de 55 metros, a la izquierda, y tras su


destrucción por los talibanes


Apareciencia de los coloridos ropajes de los budas a


finales del siglo X (Foto: Arnold Metzinger)



La indignación en todo el mundo fue muy grande cuando, hace diez años, los talibanes fueron presa de otra locura de su fanatismo colectivo. Las estatuas de los dos Budas gigantes de Bamiyan, reconocidas por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, fueron completamente destruidas, después de sobrevivir casi intactas durante 1.500 años. Ese grupo extremista islámico, que gobernó Afganistán desde 1996 hasta que fue derrocado a finales de 2001, consideró que las estatuas eran ídolos, y por tanto contrarias al Corán, y fueron hechas añicos con dinamita y disparos desde tanques.


Los monumentales Budas, de 55 y 37 metros de altura, tallados en la pared de un acantilado en el valle de Bāmiyān, en Afganistán central, situado al noroeste de Kabul, fueron hasta el siglo X el centro de uno de los monasterios budistas más grandes del mundo. Lo más probable es que las esculturas se construyeran en los siglos V o VI. Bamiyan fue nudo de comunicación de caravanas de la legendaria Ruta de la Seda, que uníó China e India. Allí se establecieron varios monasterios budistas, y sirvió como vía de intercambio cultural y religioso. Los miles de monjes budistas de los monasterios vivían como ermitaños en pequeñas cuevas excavadas en los acantilados de Bamiyan. Muchos de estos monjes embellecieron sus cuevas con estatuas religiosas y con frescos coloreados.


Desde hace años, expertos alemanes intentan recomponer las estatuas fragmentadas cual si fueran un enorme rompecabezas, Restauradores de la Universidad Técnica de Munich han analizado cientos de fragmentos de las estatuas y han descubierto que, originalmente, no eran del color de la piedra, sino que estaban brillantemente coloreados. Habían sido pintadas en colores como el rojo, el blanco y el azul. Además, han conseguido fijar, por primera vez y de forma fiable, la época de su creación, que sitúan entre los años 544 al 595 para el buda pequeño, mientras que mayor se construyó entre los años 591 al 644. Los investigadores asimismo han quedado impresionados por su brillante método de construcción.


Los budas «tenían un aspecto de intenso colorido», dice el Erwin Emmerling, responsable del equipo de restauración. Han comprobado que las estatuas fueron repintadas varias veces, posiblemente porque los colores perdían su intensidad. Los ropajes exteriores, los Sangati, resplandecían por la parte interior en azul oscuro, por la parte superior en rosa y, más tarde, en un naranja claro. En una fase posterior se pintó el mayor de los budas en rojo y el pequeño en color blanco; la parte interior de los ropajes se reparó con un azul claro. La reconstrucción gráfica de los investigadores confirma las viejas tradiciones transmitidas: Ya en fuentes escritas del siglo XI se hablaba de un buda rojo y otro de un blanco lunar. Las demás partes de las figuras tenían, posiblemente, una primera capa o imprimación blanca pero no se puede documentar de forma fehaciente.


Los investigadores también creen que las estatuas se obtuvieron horadando el acantilado. Sin embargo, la piel exterior con las ondulantes vestimentas fue construida por los obreros con barro que se aplicó en dos o tres capas. «Los restos muestran una destreza sorprendente. “Son superficies lisas, perfectas, una calidad que solamente poseen materiales tratados con fuego, como la porcelana», explica Emmerling. Los restauradores encontraron en el barro paja y paja cortada que absorben la humedad, pelo animal que confiere al revoque una estabilidad como si fuera fibra de vidrio, así como cuarzo y otros aditivos. Las capas interiores de revoque se mantuvieron fijas mediante cuerdas. Así crearon los antiguos operarios capas increíblemente gruesas de hasta 8 centímetros. «Algunas partes resistieron incluso la voladura», afirma sorprendido Emmerling.

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