miércoles, 13 de abril de 2011

ONDAS SÍSMICAS Y RAÍLES DOBLADOS


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El 4 de septiembre de 2010 se produjo un curioso fenómeno en la Isla Sur de Nueva Zelanda. Un tramo de la vía de ferrocarril, cerca de la ciudad de Rolleston, apareció ostensiblemente deformado. Los raíles de acero aparecieron doblados como si fueran de goma y hubieran sido arqueados por una gigantesca mano invisible. Acababa de producirse un terremoto de magnitud 7,0 en la escala de Richter, que afectó la región de Canterbury y especialmente Christchurch, la segunda ciudad más grande del país. El epicentro estuvo localizado a unos 55 kilómetros al noroeste de la ciudad, a una profundidad de doce kilómetros.


Al parecer, la deformación de los raíles ocurrió en tramos de la vía que cruzaban justo por encima de la falla geológica, a lo largo de la cual se concentra la actividad sísmica. La línea de falla se se halla cerca de Rolleston, una localidad situada a sólo un kilómetro de Christchurch, la población más afectada por el sismo.


No hay un metro cuadrado del globo terráqueo que no tiemble al cabo de un año. La mayoría de las veces estas sacudidas pasan desapercibidas, afoertunadamente. Todo depende de la localización del epicentro, el punto en la superficie de la Tierra que está directamente encima del foco sísmico, que puede hallarse a cientos de kilómetros o a poca distancia de la superficie. Cuando sucede esto último, la tierra se agrieta, cede, se hunde, cambia su orografía.


La energía de los temblores telúricos se desplaza en forma de ondas. Unas comprimen y expanden la roca. Otras se desplazan a través de la roca, sacudiéndola de arriba abajo o de lado a lado. Y hay ondas de superficie, que provocan un movimiento de lado a lado y otro de oscilación.


Observando las imágenes podemos comprobar cómo los raíles muestran altos niveles de deformación producidos por las ondas sísmicas, mientras que la alteración que el terreno circundante muestra es relativamente pequeña.

Fotos: Malcolm Teasdale/Marty Melville

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